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Tras los últimos accidentes, instan a reforzar la capacitación y seguridad de los trabajadores fluviales

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Los recientes accidentes con embarcaciones menores vuelven a poner en el centro del debate la preparación de las tripulaciones, el mantenimiento de lanchas y motores y el respeto de las distancias de seguridad durante las maniobras. Ricardo Casola, CEO de ALUMICAVEL y Astilleros CAVEL, advirtió que el crecimiento de la actividad fluvial paraguaya debe estar acompañado por una mayor profesionalización de quienes trabajan a bordo.

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Los recientes accidentes registrados en la actividad fluvial reavivaron la preocupación sobre las condiciones en que se realizan determinadas maniobras con embarcaciones menores y, especialmente, sobre la capacitación de las tripulaciones que diariamente trabajan en contacto con convoyes de gran porte.

En entrevista con Paraguay Fluvial, por Central Radio 1140 AM, Ricardo Casola, CEO de ALUMICAVEL y Astilleros CAVEL, sostuvo que los últimos acontecimientos demuestran la necesidad de fortalecer la formación práctica del personal y generar una verdadera cultura de prevención a bordo.

“Cuando nosotros realizamos estos cursos, en lo que más nos enfocamos justamente es en la seguridad”, explicó Casola, quien señaló que situaciones como las registradas recientemente llevan a dimensionar la importancia que puede tener una capacitación adecuada ante una emergencia.

Una naviera busca capacitar a unas 50 personas

Casola reveló que, luego de una entrevista anterior realizada en Paraguay Fluvial sobre esta problemática, recibió numerosas consultas y fue contactado por una importante empresa naviera interesada en desarrollar un programa intensivo para aproximadamente 50 trabajadores.

La intención, explicó, es que la capacitación alcance a diferentes integrantes de la tripulación, incluso personal que habitualmente no conduce las embarcaciones menores.

La propuesta inicial apunta a fortalecer conocimientos considerados esenciales: seguridad, distancias de maniobra, procedimientos ante hombre al agua, operación de embarcaciones menores y prevención de situaciones de riesgo.

La empresa interesada también planteó necesidades relacionadas con conocimientos técnicos sobre motores. Sin embargo, Casola explicó que la formación mecánica requiere otro nivel de especialización, por lo que considera prioritario consolidar primero los conocimientos fundamentales para operar de manera segura.

El río tiene sus particularidades

Otro aspecto que Casola considera necesario incorporar con mayor fuerza a los programas de capacitación es el comportamiento de una persona dentro del agua.

El empresario relató una experiencia registrada durante una reciente práctica de natación en aguas abiertas. Personas entrenadas para nadar en piscina experimentaron dificultades y episodios de pánico al ingresar al río debido a factores como la corriente, la temperatura, la falta de visibilidad del fondo y la propia percepción de encontrarse en un ambiente abierto.

“El río es río, es otra cosa, no es una pileta”, resumió.

La experiencia abrió, según explicó, un interrogante que debería formar parte de la discusión sobre seguridad laboral: ¿cuántos trabajadores embarcados están realmente preparados para desenvolverse en el agua ante una caída accidental?

Incluso utilizando chalecos salvavidas, existen otros riesgos relacionados con corrientes, remansos, embarcaciones fondeadas, espacios entre barcazas y situaciones de tormenta que requieren preparación y conocimiento.

Casola recordó que la corriente alrededor de una embarcación puede representar un peligro incluso cuando esta se encuentra detenida. Por ello, sostuvo que la capacitación debe reproducir, dentro de condiciones controladas, diferentes escenarios que un trabajador podría enfrentar durante una emergencia real.

Las distancias de seguridad pueden definir una emergencia

Uno de los puntos centrales de la entrevista estuvo relacionado con las maniobras realizadas delante de convoyes.

Casola sostuvo que una embarcación menor no debería realizar determinadas operaciones a escasa distancia de un empuje que avanza, especialmente cuando se navega aguas abajo.

Un convoy compuesto por numerosas barcazas posee una masa y una inercia considerables, por lo que su capacidad de detenerse no puede compararse con la de una embarcación pequeña.

“Uno tiene que respetar las distancias de maniobra”, remarcó.

La prevención, explicó, implica considerar anticipadamente la posibilidad de que el motor de la lancha se detenga. Una distancia adecuada puede proporcionar segundos o minutos decisivos para intentar retirar la embarcación de la trayectoria del convoy, utilizar un remo, pedir asistencia o adoptar otra medida de emergencia.

En cambio, cuando la maniobra se realiza demasiado cerca, el margen de reacción puede reducirse drásticamente.

Para Casola, tanto quien conduce la lancha como quien dirige la operación desde el remolcador deben incorporar esta evaluación previa del riesgo antes de iniciar cada procedimiento.

Motores modernos exigen otro tipo de mantenimiento

El crecimiento tecnológico también modificó las exigencias de mantenimiento.

Casola recordó que los motores fuera de borda actuales son considerablemente diferentes a los antiguos equipos carburados. La incorporación de inyección electrónica y sistemas eléctricos más sofisticados obliga a prestar atención al estado de baterías, cableados, combustible, lubricantes, componentes y especificaciones establecidas por los fabricantes.

Esto implica que las prácticas empíricas utilizadas durante décadas ya no necesariamente son suficientes para garantizar la confiabilidad de los nuevos equipos.

“Si la herramienta no funciona, toda la capacitación no sirve de nada”, señaló Casola, utilizando el concepto de herramienta para referirse a la lancha que diariamente utiliza la tripulación.

Por ello, sostuvo que capacitación y mantenimiento deben avanzar conjuntamente: no alcanza con contar con trabajadores preparados si posteriormente deben operar una embarcación que no se encuentra en condiciones adecuadas.

La presión operativa también forma parte del problema

Durante los cursos, explicó Casola, el contacto directo con los trabajadores permite conocer situaciones que muchas veces permanecen dentro de las embarcaciones.

Según relató, algunos marineros manifiestan que realizan reparaciones con los recursos disponibles y que, en determinadas ocasiones, existe presión para continuar las operaciones debido al elevado costo que representa mantener detenido un remolcador o un convoy.

Casola reconoció el impacto económico que supone detener una operación, pero advirtió que ese factor no puede imponerse sobre la seguridad.

“Si las embarcaciones de apoyo no están en condiciones, el riesgo está”, afirmó.

En ese sentido, insistió en que el crecimiento empresarial y las inversiones deben tener como prioridad la protección de quienes trabajan a bordo.

Una flota que creció rápidamente

Paraguay experimentó durante la última década una importante expansión de su actividad naviera, con nuevas empresas, remolcadores, barcazas y proyectos de inversión.

Ese crecimiento representa oportunidades para la industria, pero también incrementa el tráfico y la complejidad de las operaciones sobre los ríos.

Para Casola, la infraestructura humana y técnica debe evolucionar al mismo ritmo.

La incorporación de embarcaciones modernas requiere personal preparado para utilizar nuevas tecnologías, procedimientos de mantenimiento actualizados y programas de formación que permitan dejar atrás prácticas basadas exclusivamente en la experiencia adquirida informalmente.

Dentro de esta estrategia, Casola mencionó conversaciones orientadas a extender programas de capacitación y fortalecer la formación disponible para trabajadores y otras instituciones vinculadas al sector.

El recurso humano como principal activo

Más allá de las inversiones millonarias destinadas a nuevas embarcaciones y expansión de flotas, la entrevista dejó planteado un concepto central: el principal activo de la actividad continúa siendo la persona que trabaja a bordo.

Casola comparó la seguridad fluvial con otros sectores donde la prevención depende en gran medida de anticipar riesgos y respetar procedimientos.

Distancias, condiciones meteorológicas, corriente, estado de los equipos, características de la maniobra y capacidad de reacción deben analizarse antes de iniciar una operación y no después de producida una emergencia.

El exceso de confianza, el apuro operativo o la normalización de determinadas prácticas pueden convertirse en factores de riesgo.

Los últimos accidentes vuelven así a colocar sobre la mesa una discusión que acompaña al crecimiento de la marina mercante paraguaya: la expansión de la flota necesita avanzar junto con la profesionalización, el mantenimiento preventivo y una cultura de seguridad capaz de proteger, por encima de cualquier consideración económica, la vida de quienes trabajan todos los días en los ríos.

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